Se nos apagó la voz de Mercedes Sosa

Por Elio Leturia –

“Volver a los diecisiete” llegó a mi vida justo cuando cumplía esa edad. Ya me encontraba en la universidad haciendo uso de mi espíritu rebelde y cuestionador. Puedo recordar el impacto que tuvo esa canción en mi estado adolescente, no sólo por la fuerza de la poesía de la letra sino por la profundidad de la voz de la argentina Mercedes Sosa, quien para mí, se convertía en la epitomía del sentimiento melancólico y de esperanza infinita.

Coincidencias aparte, Sosa se transforma en un símbolo de lucha y de regocijo, y posteriormente de celebración.

Mi pasión por su música hizo que buscara sus interpretaciones por todos lados: las copias piratas de cassettes en el Parque Kennedy de Miraflores en Lima, en discos de vinilo prestados, copiados y recopiados.

“Sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente…” caló fuerte en mis huesos. Mirar alrededor y ver una sociedad tan injusta y desequilibrada en cuanto a la distribución de las riquezas, provocaba que aún más me identificara con lo que Mercedes Sosa expresaba en sus canciones. Pero esa voz, grave y sonora, fuerte y potente me transportaba a rincones amplios, solitarios y quien sabe, infinitos.

Quizá la canción que mejor me mostró la redondez de su amplio repertorio fue “Alfonsina y el mar”. ¡Qué canción tan hermosa! Podía encerrarme en mi habitación y oirla por horas. Esa producción de Ariel Ramírez y Félix Luna es simplemente exquisita pues permite que la voz de Sosa se luzca a plenitud. Su voz es el principal instrumento de la canción.

Esta interpretación forma parte de “Mujeres Argentinas” en el cual Sosa ofrece un homenaje a diferentes mujeres que establecieron diferencias en la historia latinoamericana. Mujeres como Alfonsina Storni, Juana Azurduy, Rosario Vera, Manuela Pedraza, entre otras.

Hasta ese momento, Sosa sólo salía por los parlantes de mi equipo de música, un pequeño equipo estéreo de radio y doble cassetera. Pero el momento de la verdad, del reto en vivo, fue cuando asistí a un concierto de Sosa en Lima, a finales de los ochenta. Fue un espectáculo al aire libre, de noche.

Sosa aparece, toda bañada de luces azules, cual imagen boteriana, ancha como un ropero, vestida con un traje largo y holgado. Su presencia llenaba el escenario. Su voz era tan fuerte como el espacio de su cuerpo. La claridad de su enunciación y la reverberancia de sus palabras envolvía a la audiencia que estática guardaba silencio. Era simplemente hipnotizante. El momento culminante llegó cuando interpretó “Sina”, canción en portugués del artista brasileño Djavan.

Sosa no la tuvo fácil. Tuvo que salir de su Argentina natal y refugiarse en el exilio para poder continuar su tarea. Los años de la junta militar en Argentina entre 1976 y 1983 amenazaban su medio de expresión siendo constantemente acosada. Vivir en una sociedad donde la intolerancia y el abuso son cosa del día al día no permiten que uno diga lo que piensa o siente. Pero salir de la tierra de uno no es cosa sencilla.

Tal como confesara al New York Times: “Cuando estás en exilio, llevas tus maletas, pero hay cosas en ellas que no caben. Hay cosas en tu mente, como colores y olores y tus comportamientos de la niñez, y también el dolor y la muerte que has visto. No debes negar esas cosas por que si lo haces te puedes enfermar”.

Como dijera en una reciente entrevista en la televisión argentina: “Yo no elegí cantar para la gente… la vida me eligió a mí para cantar….” Puedo añadir que fuimos nosotros quienes la elegimos para que nos cante, para que nos despierte de nuestra diaria rutina y nos ponga cara a cara con nuestras realidades.

Treinta años después, sigo escuchando a Mercedes, la cantante más importante que Latinoamérica haya producido. Viva o muerta, su voz permanecerá clavada en mi mente.

Elio Leturia, nacido en Perú, es profesor auxiliar de Columbia College Chicago.

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